Los lunes raros

 Me tomo el café.

Meto primera y acelero. 

El día comienza con la extraña normalidad de Madrid. La gente corre con el desayuno todavía en la boca y los cascos con el último podcast a todo volumen. Nadie quiere escuchar el ruido más allá de su cabeza. 


La ciudad se transforma tras el fin de semana como si todo hubiese sido en sueño. Fluyo en automático, como si de una marioneta que repite la misma función cada mañana se tratase.


Algo en mi se siente roto, anclado. Me inunda la soledad entre millones de personas que viven encerrados en sus sentimientos.


Todo se siente tan frío, tan irreal.

Por fuera vestimos trajes y tacones, por dentro heridas y moratones. 

Nos maquillamos tapando las ojeras, bebemos agua para calmar el tic tac de los relojes. 

Siempre tarde.

Cada vez menos humanos.

Menos sensibles.

Más acelerados.




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