Capítulo II

 ¿Cuantos para siempres caben en un te quiero?

De pequeña pensaba que si deseabas algo con suficiente fuerza, el universo te lo concedería. 

Eso me dije el día que conocí a alguien, y pedí a la vida que fuésemos amigos para siempre. 

Para sorpresa de nadie, el tiempo nos separó, y de golpe entendí que desear y conseguir no siempre iban de la mano.


Es irónico como buscamos desafiar sin éxito los ritmos que no están en nuestra mano. Retarle una partida a la suerte y esperar sorprenderla en el siguiente asalto.


Curioso como después de varios batacazos y giros inesperados, nos siga sorprendiendo que las cosas rara vez salen como esperamos.

La vida siempre te da tanto como te quita, pero hay que estar dispuesto a soltar para poder abrazar algo nuevo.


Me sigue asombrando la capacidad humana de querer poner parches a las cosas rotas y esperar que el tiempo no se dará cuenta de que ya era su hora.

Porque hay cosas que jamás estuvieron hechas más que para un rato y otras que con suerte, duran todo el tiempo que la vida nos concede.


Hay etapas. Hay momentos. Hay cambios y caminos que no irán ligados a nuestros deseos. Hay te quieros que engloban promesas que sabemos que no podremos cumplir, pero que seguiremos haciendo. 

Porque nos nace, porque siempre desearemos quedarnos un poco más donde sabemos que ya es tarde. 


Porque no hemos entendido todavía que lo efímero no elimina la eternidad que existió en un te quiero.

Porque seguimos deseando que una mariposa después de alcanzar su metamorfosis, pudiese quedarse así para siempre. 




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